Prohibir la caza total de ballenas debería ser solo el principio

 

¿Alguna vez te has parado a pensar en lo importantes que son las ballenas para nuestro ecosistema? 

La naturaleza está formada por un engranaje medido al milímetro, y el ser humano parece empeñado en no prestar atención a lo relevantes que son todas y cada una de las especies con las que compartimos planeta. Vivimos encerrados en nuestra burbuja de realidad virtual, creyendo que podemos alterarlo y modificarlo todo, destruir hábitats y llevar a la extinción a cientos de especies, y nos mantenemos emocionalmente distantes respecto a las consecuencias que ya se observan a presente y que se observarán a futuro.

Como curiosidad, te contaré que las ballenas son grandes fertilizadores de los océanos y que son seres esenciales para ayudarnos a combatir la crisis climática. Por un lado, sus heces contienen hierro, fósforo y nitrógeno, y cuando estas son expulsadas, fertilizan los océanos ayudando a la producción y crecimiento del plancton, un alga fundamental que sirve de alimento a infinidad de pequeños pero indispensables seres que habitan en los océanos: el kril. Un crustáceo de menos de un centímetro que nuevamente nos demuestra lo asombrosa que es la naturaleza y lo perfectamente diseñada que está, puesto que a su vez el kril es indispensable para la vida de cientos de especies marinas, incluidas las ballenas, a quienes sirve de alimento. Por otro lado, porque gracias al hierro que se contiene en sus heces y que ayuda al crecimiento y la floración del plancton, este puede absorber en cantidades ingentes el dióxido de carbono que se encuentra en nuestra atmosfera, y porque las ballenas con su propio cuerpo son también grandes retenedores de carbono.

Una mirada al pasado

Pese a todo lo anteriormente expuesto, la tradición de cazar ballenas y otros cetáceos se remonta a tiempos inmemoriales. La industria ballenera fue antiguamente muy importante, porque de las ballenas se aprovechaba casi todo. Su carne servía como alimento, el aceite de su grasa servía como lubricante de maquinaria e iluminación, con determinados órganos se hacía perfume y sus cartílagos eran utilizados, por ejemplo, para hacer corsés. 

Desde el siglo XI hasta finales del XIX, la industria ballenera fue desarrollándose y modernizando sus métodos de caza y captura, siendo estos cada vez más estratégicos, rápidos y eficaces. Y como consecuencia de tantos siglos de caza incontrolada, las poblaciones de ballenas se vieron terriblemente perjudicadas, reduciéndose considerablemente el número de individuos. Por ello, se hizo necesario crear un organismo internacional que supervisara el control de la caza de ballenas para protegerlas de las actividades del ser humano, y motivo por el cual en el año 1946 se creó la Convención Internacional para la Regulación de la Caza Ballenera, y la Comisión Ballenera Internacional (CBI), como órgano decisorio dentro de la Convención. 

Desde 1986, está prohibida la caza comercial de ballenas, y solo se permite de forma excepcional a determinadas comunidades indígenas que subsisten con su alimento, aunque los países pueden autorizar con permisos especiales aquella que tenga fines
científicos. Este organismo está formado tanto por países con una tradición ballenera activa, como por países que cazaron en el pasado pero ya no lo hacen, y por países que nunca han realizado estas prácticas. ¿El fin común? Se supone, que la protección y conservación de las especies de ballenas.

Una mirada hacia el presente

Actualmente, solo cuatro países miembros de la Comisión Ballenera Internacional llevan a cabo cacerías de subsistencia: Dinamarca (Groenlandia), Rusia (Chukotka), San Vicente y las Granadinas (Bequia) y los Estados Unidos (Alaska). Respecto a la caza con fines científicos, durante años Japón –que era parte de la Comisión Ballenera Internacional-, estuvo cazando ballenas alegando que era con fines científicos, pero todo el mundo sabía que eso no era más que una excusa para poder seguir cazando ballenas con finalidad comercial. El 30 de junio de 2019, Japón abandonó la CBI y ese mismo año retomó abiertamente la caza de ballenas con finalidades comerciales. Y, respecto a esta, si bien la caza con finalidades comerciales está prohibida desde el año 1986 a los países miembros de la CBI, Noruega e Islandia siguen haciéndolo porque presentaron objeciones a la moratoria en el año 1982. Por tanto, estos países fijan sus propios límites de captura, e informan asiduamente a la Comisión sobre las capturas que se realizan.

Me atrevería a decir que una de las cacerías de ballenas que más ha impactado recientemente en la población a nivel mundial es el “Grindadràp”, que se realiza anualmente en las Islas Feroe. Un archipiélago autónomo que forma parte del Reino de Dinamarca, que tiene su propia lengua y que conserva sus propias tradiciones y costumbres ancestrales. Bajo un clima húmedo y frío, que dificulta mucho desarrollar la agricultura, y con poco menos de 50.000 habitantes actualmente, en las Islas Feroe la caza de ballenas piloto se ha venido desarrollando aproximadamente desde el año 1298

Su práctica ha ido evolucionando y modernizándose, pero la esencia sigue siendo la misma: en la costa, un grupo de feroeses dirigen a las ballenas divisadas hacia la orilla, donde armados únicamente con cuchillos y herramientas especiales matan a los animales cubriendo el mar de un color tan rojo que es imposible no aborrecer, en ese momento, a la especie humana.

No obstante, pese a lo impactante de las imágenes y a lo difícil que puede resultarnos comprender que una tradición y práctica tan cruel no se abandone en pleno siglo XXI, los feroeses defienden que esta práctica es de subsistencia y no comercial, puesto que la carne de ballena es un alimento esencial de su alimentación, y que se trata de una caza sostenible dado que es una especie que no se encuentra amenazada y cuya caza anual representa un porcentaje ínfimo de la población que se encuentra en la zona.

El 12 de septiembre del año pasado, la matanza anual de animales en las Islas Feroe copó toda la atención a nivel internacional, puesto que se mataron 1.400 delfines: un número muy superior de animales a las cuotas que se habían estado cumpliendo años anteriores. La Unión Europea y los países miembros de la CBI –excepto Dinamarca- realizaron un comunicado solicitando al gobierno de las Islas Feroe la prohibición de esta tradición que consideran “innecesaria y cruel”.

Otros países, como Islandia, han anunciado que es muy probable que una vez caduquen las autorizaciones para cazar ballenas a finales de 2023, ya no se renueven, prohibiendo su práctica a partir del año 2024. El motivo, no obstante, no es por ética, compasión o protección animal. Tal y como afirmó la ministra de Alimentación, Agricultura y Pesca, Svandís Svavarsdóttir, la demanda ha disminuido y ya no resulta rentable para el país, a lo que hay que sumarse los boicots comerciales que han recibido como consecuencia de la polémica que genera la caza de ballenas. El mercado parece estar ahora enfocando hacia el ecoturismo, basado en los avistamientos de cetáceos (vivos) en su medio natural. Es lógico. Pudiendo apreciar la belleza de los animales en su estado salvaje, ¿por qué empeñarnos en matarlos y extinguirlos?

Parece ser que ya ni tan siquiera resulta rentable para Japón la comercialización de ballenas, puesto que la industria allí es muy minoritaria y la población, en su mayoría, tampoco consumen carne de ballena.

Algo así en el siglo XI sería impensable, y ello nos demuestra la necesidad de replantearnos nuestros propios hábitos, costumbres y tradiciones. Al igual que todo, ellos también deben avanzar y no es malo cambiarlos, abandonarlos o prohibirlos, si eso va acorde con el tiempo actual, los movimientos sociales o la necesidad de preservar un bien común, como es nuestro planeta.

No deberíamos tampoco caer en falsos prejuicios ni dejarnos llevar por nuestras propias contradicciones, sino que deberíamos expandirlas para analizar todo el mundo que nos rodea. Y te pondré un ejemplo: ¿Qué es más ético: sacrificar anualmente más de 910 millones de animales en mataderos para consumo humano, o la caza anual de ballenas que se realiza en las Islas Feroe, sobre pequeñas poblaciones de animales salvajes y libres que sufren durante unos minutos pero han podido vivir hasta entonces su vida en condiciones plenas? 

Y si pensamos en los delfines, orcas o tiburones que se sustraen anualmente del océano para ir destinados a delfinarios y zoológicos de todo el mundo, y que no son asesinados, pero sí condenados a una vida completamente desdichada, ¿es mejor esa vida que la de las ballenas que mueren en el “Grindadràp”? 

Desgraciadamente, hemos creado un mundo que nos llena de incongruencias, incoherencias y contradicciones, y no deberíamos aprender a vivir con ellas, sino a necesariamente cuestionarnos el sufrimiento invisibilizado que causamos día tras día a cientos de animales, al planeta, y a los ecosistemas. Ese será siempre el mejor camino hacia la libertad: hacia nuestra propia libertad.

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