Hoy se estrena el blog de «Tras lo que hay detrás».

¡BIENVENIDA/O!

Imagino que si has llegado hasta aquí, es porque es probable que ya conozcas qué es Tras lo que hay detrás, o por lo menos, te suene un poco.

Tras lo que hay detrás nace de una ilusión y de una pasión por querer cambiar las cosas. Por querer hacer de este mundo un lugar mejor para los animales. Por querer devolverles el lugar que merecen y que el ser humano les ha ido arrebatando poco a poco. Es un altavoz por los derechos de los animales. Un espejo en el que mirarnos, para darnos cuenta de lo que hay detrás de nuestra forma de ver, tratar y relacionarnos con los demás animales. Tras lo que hay detrás es, principalmente, un espacio para la reflexión.

Pero, debemos asumir que no puede haber reflexión profunda si no nos deshacemos de nuestras ideas preconcebidas. Sin desprendernos, aunque sea por un rato, de aquello que nos han inculcado desde que iniciamos nuestro camino de aprendizaje. La cultura, la tradición, la costumbre, la historia, los hábitos socialmente asumidos como típicos o «normales»… ¿cómo alguien va a plantearse de pequeño salirse de ese raíl? Desde la infancia, la educación sigue siempre la misma dirección: el camino hacia el especismo. Desde que nacemos, se nos inculcan ciertas ideas que asumimos como correctas, porque resulta complicado encontrar a nuestro alrededor personas que nos hagan plantearnos cosas distintas. Pero, cuando crecemos y vamos adquiriendo una capacidad de reflexión mayor, desarrollamos un pensamiento crítico más intenso, vamos formando nuestra personalidad, y empezamos a tener la oportunidad de explorar otros caminos distintos. Tenemos la oportunidad de cuestionarnos a nosotros mismos. De hacernos preguntas, y replantearnos nuestra relación con los demás animales. Porque como yo siempre digo: plantearse las cosas es el primer paso para cambiarlas.

Hay una famosísima cita de Mahatma Gandhi que dice: 

«La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la forma en la que sus animales son tratados.»

M. Gandhi

¿Te suena, verdad? Esta frase es un «must know» dentro del movimiento por la defensa de los animales. Pero también he visto utilizarla a personas que podrían no autodenominarse «animalistas». La he leído en artículos periodísticos, la he visto usar (y la he usado) en publicaciones de redes sociales, he oído citarla a políticos, periodistas… pareciera que es una frase que no necesita ninguna explicación adicional por parte de quien la pronuncia, porque todo el mundo entiende a qué se debía referir Gandhi cuando la usó: a la empatía.

La empatía, junto a la esperanza, son para mí la llave que abre la puerta a poder hacer de este mundo un lugar mejor para todos. Pero, desgraciadamente, no todo el mundo tiene el mismo grado de empatía ni empatiza igual por las mismas cosas. En algunos países como el nuestro, los perros y los gatos son animales de familia. Si le preguntásemos a las personas en España qué sienten por su perro o su gato, lo más probable es que respondan algo parecido a: amor o cariño. Hay personas que incluso los consideran como a sus hijos. Algo que, para otras, resulta incomprensible en tanto en cuanto entienden que no puede compararse a un animal con una persona (como si los seres humanos no fuésemos también animales…)

No obstante, ese grado de empatía se reduce si pensamos en otro tipo de animales, como los cerdos o las vacas. ¿Te has preguntado alguna vez porqué ocurre esto? ¿Por qué podría parecer que nos genera mayor grado de empatía si se le causa daño a un perro que si se le causa daño a un cerdo? En realidad, no es porque no tengamos empatía hacia ese tipo de animales, es sencillamente, por la forma en la que nos han educado. Yo lo llamo: «la ceguera emocional». Lo hablábamos antes, ¿recuerdas? La forma en la que nos educan, cómo nos enseñan a ver el mundo, y que costumbres nos autoimponen como normales o correctas, es lo que genera una desensibilización por según qué animales o respecto a según qué escenarios. Crecemos con el: «esto es correcto, porque siempre se ha hecho así» y a partir de ahí, aprendemos a ya no cuestionarnos según qué cosas.

Pero… que algo se haya hecho siempre de una determinada manera, no significa que sea correcto. Debemos replantearnos nuestras costumbres y nuestras creencias. Tenemos el deber moral de salir de nuestra zona de confort y de autocuestionarnos a nosotros mismos. Tal vez te sorprendas, y te llegues a dar cuenta…

de que hemos podido estar equivocados toda la vida.

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